Los atardeceres son aún más hermosos en verano
porque prolongan la luz de las tímidas horas.
Se va haciendo de noche tan lentamente
que la oscuridad no nos sorprende;
nos va envolviendo sutilmente,
como cuando una madre adormece a su hijo
amorosamente entre sus brazos...
Hoy la temperatura afuera era tan agradable
que no se notaba,
una caricia imperceptible,
un beso soñado.
Aquí en la montaña se escucha el silencio...
Los perros, las gallinas y las vacas ya duermen.
El vecino terminó de picar su dalle.
Los pájaros descansan entre las ramas
y en sus nidos.
Todavía no revolotean los murciélagos
alrededor del porche.
Estuve paseando para desintoxicarme
de tanta mala noticia,
harta de escuchar hablar de la prima de riesgo,
de los índices bursátiles,
de escuchar a los políticos intentando
explicar lo inexplicable,
siempre lo mismo,
un día tras otro,
escuchando mentiras que tranquilizan a los tontos
y
verdades a medias que asustan a casi todos.
Aquí en la montaña
la crisis se vive y se ve desde otra perspectiva,
como si fuera menos con nosotros,
pero sabemos que las plagas se extienden
y
llegan a los rincones más insospechados.
En estos tiempos malos
algunas personas se han dado cuenta
de que han caído en el engaño del falso progreso,
¿demasiado tarde...?
Ese becerro de oro, tan brillante,
tan falso como las falsas promesas

