17 oct. 2012

Marina

Soñadas islas de los dioses, mis islas galegas.
La niña sirena, abrasada de soles, abrazos sueña.
Orilla tan blanca que parece de nieve en vez de arena.
Una brisa dorada se pasea descalza sobre la playa.
Las olas de nácar marean medusas, mecen las barcas.
La luna se acuna entre escamas de plata.
Vuelan blancas velas.

El faro hace guiños y guía a las ánimas a los cementerios.
Lloran ballenas varadas en suspiros de huecas calaveras.
A costa da morte, vidas marineras.
Conchas y valvas, canto de caracolas, vulva virginal.
Huele a eucaliptus, susurran las ramas, el aire en las dunas.
Dulces aturuxos que quiebran la bruma.

Ancla de hierro, oxidada de llantos de sal y de piedra.
Chove miudiño sobre la ribeira.
Noche queimada, esqueletos de conchas, acostados los remos.
Nasas vacías mendigando entre espuma abundante faena.
Eco viejo de zanfonias.

Ríe la náusea vomitando en la ría de sus desgracias.
Unha taciña de Ribeiro...?, bosteza la taberna.
Orujo en llamas, embrujo azucarado que embriaga el alma.
Es hora de meigas.

Por entre las rocas se juegan la vida bravas percebeiras.
Se oyen lamentos de gaitas lejanas bajo las estrellas.
As gaitas choran, as gaitas penan.

Sueñan en barcos cerca del puerto dormidas gaviotas.
En la lonja lejana olor a marisco, a pulpo, a almejas.
Pescador triste, entre una pesadilla de tiburones naufraga tu pena.
Negra sombra que ya no asombras, que ya ni arredras.


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