11 nov. 2013

Los no nacidos

... y llegó a un lugar
habitado por seres cuasi-amorfos
de apenas edad, de todos los meses del año,
del uno al nueve, del uno al doce,
de un macabro calendario colgado
en la puerta de un servicio de bar
o en la fría pared de una sala de hospital.
Sangrienta marea de un mar que no cesa.
 
...y llegó sin saber cómo a este lugar de
pedacitos desgajados de carne humana
desechada y deshecha, alimento de cloaca,
productos inertes de un amor incierto
o del más terrible y desolado desamor.
Excusado horror, mordaza, miedo mordaz.
Esa mentira que quisiera ser verdad
pues ¿por qué matar si no hay vida...?
Ahogado latido de otro incipiente corazón.
La cobardía con disfraz de libertad.

Esa pálida lápida que lúgubre flota.

Los no nacidos,
los sin ningún nombre, muertos anónimos,
esperanzas vanas en senos maternos,
que no maternales. Menos que carne de morralla.
Condenados al más callado olvido.
Su primer recuerdo fue esa voz hermosa,
el sollozo apagado y el largo silencio.
El último, aquella punzante frialdad.
Luego... nada más.
Viaje de retorno a la oscuridad.
 
... y llegó en un viento gélido a ese lugar
y se encontró con diminutas criaturas
de llantos huecos, de ojos inquisidores,
de vientres sin nudos,
de bocas descosidas vacías de besos,
rostros mudos, manitas cerradas en pequeños puños,
apretadas sobre tiernos pechos
hambrientos de amor.
 
... y descubrió con espanto
un rincón ajeno de piernas y brazos 
descoyuntados, tripas revueltas, cabecitas calvas,
ansiosas bocas chupándose el dedo pulgar.
Y un ángel sosteniendo un palpitante corazón.
Tan hirientemente tiernos, en cueros,
los no nacidos
le preguntaban a Dios la razón
de su no existencia y la respuesta
les vino en un soplo amoroso
desgarrando el cielo. Un parto celestial.
Vuelta pues a la casa paterna, al abrazo
huérfano de la incomprensible divinidad.
...y se encontró con la mirada de unos ojos
diminutos asomando bajo el manto blando
de una nube blanca,
tan azules y alegres como fueron los suyos.
 
...mamá, mamá...
 
...y se marchó de allí,
a su infierno eterno, sin llamas ni demonios,
sin poder regar esas cuencas ardiendo,
¿qué mayor castigo que esos ojos reconocidos
clavados para siempre en el hueco de los suyos?

 
... y se marchó de allí, sin quererlo, en el mismo
viento gélido, a su oculto escondrijo, arrastrando
esos huesos quebrados de su largo
esqueleto, apretando los dientes
hasta hacerlos chirriar, golpeándose
el hueco de ese vientre fecundo
cuya mortal herida nunca pudo matar.
 
 
...hijo, ¿dónde estás?...

 

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